2. La guerra imperialista contra el terror: un fracaso gigantesco
A pesar de los enormes sufrimientos ocasionados a la población civil por las tropas de ocupación norteamericanas, sus ‘aliados voluntarios' y sus ejércitos privados de mercenarios, el imperialismo no puede controlar efectivamente ningún área fuera (e incluso dentro) de la ‘Zona Verde' en Bagdad y en Kabul.
En Afganistán, las bárbaras acciones de las tropas de Estados Unidos y la OTAN no sólo fracasaron en detener el nuevo levantamiento de las guerrillas en el sur sino que también han desestabilizado completamente al régimen de Musharraf en Pakistán y toda la situación en el subcontinente indio.
En Irak, con la "oleada" de otros 30.000 soldados ordenada por Bush, su desesperado esfuerzo por cambiar la caótica situación en favor de los Estados Unidos no tuvo ningún resultado. Estados Unidos tiene menos control que nunca. El gobierno títere de al-Maliki existe nominalmente sólo dentro de las oficinas protegidas por Estados Unidos en Bagdad. Los insurgentes sunitas y las milicias shiítas son los actores reales en la mayor parte del país -excepto en el norte kurdo. Estados Unidos, a pesar de su gigantesca ofensiva militar, tiene que apoyarse principalmente en el respaldo de los ‘peshmergas' kurdos de Talabani y Barzani (además de los 160.000 soldados norteamericanos y los 180.000 soldados privados pagados por Estados Unidos) para sobrellevar el caos.
Esto tiene enormes efectos colaterales: ha provocado tensiones entre Ankara y Washington en la medida en que la oficialidad del ejército turco declara que se prepara para invadir el norte de Irak para atacar las bases de la guerrilla kurda del PKK. Estos preparativos bélicos precipitaron una crisis de régimen, la cual fue incubándose por un largo período, y llevaron a elecciones anticipadas, en la medida en que el ejército chocó con el gobierno islámico moderado de Erdogan.
El otro pilar en el cual se apoya la presencia imperialista norteamericana en Irak son las direcciones religiosas shiítas bajo la influencia de Teherán, usadas como un amortiguador y un arma contra la mayoritariamente secular insurgencia sunita encabezada por el Baat'h. Mientras las milicias shiítas están lejos de ser obedientes a las autoridades de ocupación y muchas veces chocaron militarmente con ellas, en este momento en que esa influencia de Teherán sobre los shiítas de Irak es más que necesaria para Washington, los neoconservadores del gobierno de Bush y del Pentágono impulsan una ofensiva militar contra Irán. El vicepresidente Cheney, el ex embajador de Bush en la ONU John Bolton, un amplio número de religiosos de derecha y el lobby sionista en los Estados Unidos, así como los halcones sionistas en Tel Aviv, están reclamando una guerra contra Irán, con el pretexto de su programa nuclear. Los mismos guerreristas ultrareaccionarios reclaman nuevas guerras contra Hezbollah en Líbano como así también contra Siria.
La impasse está acumulando condiciones para nuevas amenazas y explosiones bélicas contra todos los pueblos de la región e internacionalmente. Pero al mismo tiempo, el estancamiento de la guerra profundiza la crisis del propio régimen político norteamericano. Enciende los sentimientos antibélicos de las masas populares, como se demostró claramente en las movilizaciones de masas y en la derrota de los republicanos en las elecciones parlamentarias de noviembre del 2006. Profundiza las fracturas dentro de la clase dominante norteamericana y dentro del Estado, agudizando y extendiendo los conflictos entre el Ejecutivo, el Congreso y el Poder Judicial. La escalada de la crisis del régimen se manifiesta en el escándalo de la CIA (CIA-gate), en la escandalosa protección de las actividades criminales de Libby por el propio presidente, después de su condena en la corte, el reemplazo forzado de un número de "estrellas" neoconservadoras (Perle, Rumsfeld, Wolfowitz), el choque entre el Poder Judicial y el procurador (fiscal) general Gonzalez.
Es la peor crisis de régimen en los Estados Unidos desde la crisis de Vietnam y el Watergate. Las elecciones del 2008 y el posible retorno de los demócratas al poder no pueden resolverla en la medida en que el programa internacional del partido demócrata apoya la continuación de la ocupación de Irak, aunque en una forma disfrazada (bases militares) y mantiene el más firme apoyo al sionismo; no hay una diferencia esencial entre los dos partidos imperialistas. Las repercusiones internacionales en Medio Oriente, América Latina, Europa, Rusia y China son inmensas. Estados Unidos se ha convertido en el centro no sólo de la crisis económica mundial del capitalismo sino también de su crisis política.
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